RELATOS DE NACIMIENTOS

COMENZANDO MI ANDADURA ASISTIENDO PARTOS EN CASA.


Allá por octubre del 2012 pude comprobar por primera vez la magia de un parto en casa y el poder de una mujer dando a luz de esa manera. 
Martina nació tranquila, con una vuelta de cordón que no le causó el más mínimo problema. Su padre no podía creerse lo que estaba sucediendo y sin parar de llorar se reenamoró de Maria Amaya por lo que estaba haciendo, ella solita, sin ayuda de nadie, simplemente confiando en su capacidad para parir. 
María no sufrió su parto, lo disfrutó.


Un año más tarde Maria Amaya me envía el relato del parto de su hija para que lo comparta con tod@s vosotr@s. 
Algo muy especial ha quedado entre las matronas que atendimos ese nacimiento y esta estupenda familia.
Os queremos!!



TU NACIMIENTO... MARTINA

Te estábamos esperando, los últimos días antes de recibirte estaban llenos de inquietud e impaciencia porque teníamos un gran deseo de poder ver tu carita y abrazarte... Y por fin llego el momento.

Con abrazos suaves que te acompañaban hacia la salida. Desde que empezaron, eran recibidos con mucha ilusión porque era la señal de que ya estábamos a muy poquito tiempo de tocarte.

Y cuando venía otro abrazo, papá y yo nos mirábamos con incredulidad ¿será este el momento? Y sí, era.

Sin dolor, pero sobre todo, mi vida, sin sufrimiento.

La seguridad de nuestra casa, la libertad de movimiento, la bañera y con ella el agua y mi voz, nos acompañaron en cada dilatación. Descubriendo sorprendida como cada contracción" venía y se iba, como mi cuerpo la intuía y como íbamos reconociendo la forma de sentirnos mejor.

Cuando la dilatación comenzó a ser más intensa me acerqué más a TI, recordando los ratitos que pasamos con Esther, me dejé llevar y mi voz fluyó, sin pensar... Comencé a dejar salir vocalizaciones aaaaaa, ooooooo, aaaaaaa...... fue increíble, dejaba a un lado el dolor para acercarme a TI, al sentir, al cuerpo... No lo puedo describir.

En cada ola, visualizando dilatación, abrazo, apertura... y sobre todo, agradeciendo que estuviera allí, porque era lo que me estaba acercando al momento de cogerte entre mis brazos.

La mano de Papá estaba ahí en todo momento, con apoyo, fuerza y protección. Haciéndonos sentir seguras y quizás orgullosas, porque su mirada nos indicaba confianza. Con pocas palabras y una gran presencia, tan presente como tú y yo, y viviendo el momento desde las ganas de conocerte.

Nunca podré agradecerle lo suficiente su apoyo, sus cuidados y su Conciencia. Sin él, nada de esto hubiera sido posible.

Y por fin, después de largas horas, María (matrona) cogió mis manos y me ánimos a pujar con fuerza, tu cunita seguía intacta, protegiéndote hasta el último momento.

Cansada, de repente me sentí sin fuerza... Unos segundos en los que la adrenalina corrió por mi cuerpo " no puedo, estoy cansada",quizás no quería separarme de TI, Martina. Esa voz de María, que sólo apareció en el momento oportuno "vamos a centrarnos en lo que puedes" me dijo, "puedes parir, y traer al mundo a tu niña" y así fue.

Lo más intenso que he podido vivir nunca, sentir como se rompía la bolsa y esperar recogiendo energía,  aprovechando las endorfinas y confiando en mi cuerpo de mujer, la fuerza de otro abrazo. Apoyadas y acompañadas por María y Amanda, que nos facilitaban sin invadir, hablandoNos con tanto amor que todo estaba resultando muy sencillo.

Sentir como descendías, como mi cuerpo necesitaba moverse y como en ese mover el suelo era mi aliado. Calor, respiración, voz, fuerza, sudor, energía, pero sobre todo Empoderamiento.

Escuche a Papá decir, " Pitu, ya está, se ve su cabecita, son sus pelitos..." Y te toque, Martina, cuando todavía estabas dentro te acaricié... Que fuerza me dio eso, lo estábamos haciendo genial.

Y en la silla de parto, la silla de mi parto y de tu nacimiento, que pusimos en la habitación, justo dónde unas semanas antes Juanjo intuyó que ibas a nacer, salió tu cabecita, ya casi estabas con nosotros y unos segundos después te cogí entre mis brazos. Sin llantos, sin prisas, CON AMOR y mire a Papá, SI YA ESTÁBAMOS LOS TRES.

Y en nuestra cama, aún unidas por el cordón y la placenta nos abrazamos los tres. Papá desde su llanto y emoción, Mamá desde una sensación de Amor que nunca antes había sentido y tu mi pequeña Martina llena de Paz.

Buscando el pecho de mamá, con luz tenue intentabas unirte físicamente a MI, a quien habías estado unida todo ese tiempo atrás... Y tu boca encontró mi pezón, de nuevo unidas.

Y comenzaste a lloriquear, un ronroneo suave, entonces comencé a cantar nuestra canción, esa que te repetía una y otra vez cuando todavía estabas dentro de MI... "Mamá te ha traído a este mundo, te ha dado a luz con mucho amor, Bienvenida sea al mundo, Bienvenida seas tú" y te calmaste ... Si mi vida... Ya nos conocíamos.

Ahora nos queda una larga aventura en la que seguir creciendo. Ese día Naciste, llenaste nuestras vidas de Luz, Amor y Conciencia. Ese día Renací, me hice mamá desde el Sentir y la Confianza.

SÓLO ME QUEDA AGRADECERTE TODO LO QUE NOS ENSEÑAS A PAPÁ Y A MÍ DÍA A DÍA.

TE QUIERO.







No tengo muchas palabras para describir lo que sentí ese día… sólo puedo decir que a partir de entonces pasamos de tener una relación profesional a una relación de amistad.
Nunca imaginé que mi profesión iba a aportarme tanto…

7 DE MAYO DEL 2013. NACIMIENTO DE MANUEL, VENCER AL DOLOR.

En mi cabeza retumbaba con fuerza "Now we are free" de Gladiator. Sí, de película, pero menudo broche final. Y él, apareció entre mis piernas.


** Decidir tener a mi bebé en casa era una idea que barajaba, pero que no aseguré hasta que conocí a Juanjo, en un coloquio informal en un parque. Ese día acabó con una frase que gritaba en mi mente: Parirás a tu hijo con amor.
Hoy digo que he vivido una versión enriquecida con la incorporación de Amanda.
Hacen un perfecto equilibrio entre lo espiritual y lo racional. Ambas cosas en alternancia, las he visto necesarias durante el proceso de nacimiento de mi precioso niño Manuel.**


Tras una movidita semana anterior y fin de semana de locura que ha incluido papeleos laborales, preparación de fiesta de cumpleaños, fiesta en sí, comunión con 3 horas en coche de retorno debido al fin de semana motero de Jerez, mi cabeza fantaseaba con una maravillosa semana de descanso y sobes de ombligo casi permanentes.

El lunes seis comenzó de lujo con rico café tras dejar a Celia en el cole. Ahí comenté mis planes de descanso a la camarera del lugar del que somos habituales. Continué con un fabuloso masaje en las piernas. Un lujo para una embarazada de 39 semanas. Después recogida de mi primer parte de confirmación de baja y a casita, a cotillear Fb, a tumbarme y a rascarme la barriga. Justo cuando empezaba a aburrirme, llegó la hora de recoger a Celia.

A la tarde (7:30 o así), la meto en el baño y me da un golpe de tos. A la par que la tos, noto un golpe en los bajos y un líquido que sale inevitablemente a traición.
Se me pasó por la cabeza que se me había explotado la vejiga - claro, eso tiene más sentido que romper la bolsa en un embarazo a término...-, era una sensación parecida a la que tuve en Cádiz, pero el líquido era más abundante.
En mitad de mi estupor, llegó Manuel de trabajar y le digo que creo que he roto la bolsa o la vejiga... que bañara a Celia que yo me tenía que poner algo. Sigo alucinando con lo ocurrido porque me pongo a deambular por la casa ¿ya? ¿pero si no estoy de parto? Nacerá esta noche, ya mañana quizás...vaya, no se me ocurren operaciones aritméticas con el 7, el 5 y el 13 que cuadren...
Estoy perdida de líquido, es transparente y sigo dudando si es pis...me meto en la bañera desalojada por Celia y le digo a Manuel que mire como cae por si lo viese algo amarillo. Me dice que parece agua pura.

Pero yo no me lo podía creer. Hasta que una descomposición intestinal brutal se apoderó inmediatamente de mi ser. Bien, estaba de parto.
Llamo a mi madre para que vaya viniendo a casa.

Hago consulta por whatsapp a Juanjo y hablamos después por teléfono. Le dije que no tenía ni un amago de contracción y que mi bebé se movía estupendamente, eso sí, ya se estaba ocupando mi cuerpo de dejar limpitas las "vías". Quedamos en que le llamaría cuando el asunto se animase, aunque él ya me dijo que esta noche tendríamos "fiesta". Recibo después un mensaje de que con la bolsa rota no puedo meterme en la bañera, que mejor duchas... Y me quedo un poco chof...

Tras hacer unas fotos que tenía en la cabeza para editar un vídeo del nacimiento de mi segundo hijo, decidí poner en marcha las técnicas de relajación de hipnonacimiento y/o tratar de dormir. Le dejé mi móvil a Manuel para que fuese informando a mi media naranja maternal si lo veía oportuno.
Estuve durmiendo unas horas y a eso de las 10:00 de la noche me desperté con la idea de arroz integral para coger fuerzas, ya que estaba empezando a notar "movimiento". Mi madre había llegado.

Comí algo de arroz pero enseguida el parto me llevaba a recogerme y a centrarme en él.

Me tumbé en el sofá, con música relajante y una romántica luz y me puse a respirar las contracciones. Me dormía y despertaba, totalmente serena y semi consciente. Recuerdo el frío, estaba helada, temblaba. Tuvieron que poner un calefactor. Manuel me masajeaba, me abrazaba, me besaba. Me ayudó tanto estimulando mis endorfinas...
Celia ya no estaba, estaba durmiendo. 
Mi madre se asomaba cada poco para ver cómo iba la cosa. Pero poco después, a eso de las 12, apareció un dolor en la contracción que identifiqué como de "gases", era hacia la ingle derecha. Ese maldito dolor hacía muy dolorosa la contracción y me llevaba a adoptar posición de cuatro patas - mi posición estrella en este parto- o apoyada en la pelota recostada hacia el brazo del sofá sobre unos cojines. Tenía también dolor en la espalda que fue acentuándose a medida que avanzaba el parto, pero ese no me atormentaba del mismo modo.

Juanjo y Amanda llegaron y les describo la sensación. Y Juanjo me manda al baño a "peerme" -curioso el nivel de confianza que llegas a adquirir con las matronas, en todo momento les sentí parte del proceso-, pero nada...entraba con Manuel al que me agarraba cuando venían las contracciones mientras él me acariciaba.

Esa sensación de presión/tensión era muy dolorosa y no podía librarme de ella.

Amanda me dijo que cuando quisiese "mirábamos cómo estábamos" y decidí esperar un poco. Las contracciones se hacían más y más duras y quedaba un ligero reflejo de esa tensión entre ellas. Eso sí, aún eran muy espaciadas. Supe que aún nos faltaba mucho por eso mismo, pero la intensidad de las contracciones me hacía pensar en lo contrario. Con Celia fue muy diferente. Fue rápido también, pero mucho más llevadero porque no existía esa tensión tan dolorosa, al menos, no tan al principio.

El dolor fue a más. Recuerdo a mis matronas y mi marido tratando de relajarme, masajeándome la espalda que por aquel entonces también dolía bastante. Me venía de perlas tener esas sensaciones en otros lugares de mi cuerpo para distraer la atención. 
Pero no podía estarme quieta. El cuerpo me pedía movimiento. Y cuando venía la contracción, ¡cuerpo a tierra! y a cuatro patas, moviendo la pelvis encajaba aquel dolor mientras sucedía la contracción.
Entre contracciones movía la boca, bebía (bebí mucho) y durante ellas exhalaba: aaaaaaaaaaaaaaaaaaa, pero no era como en el parto de Celia... eso no me liberaba lo suficiente... tenía que buscar otras alternativas.

Decidí que Amanda me explorase y casi me da un patatús cuando me dice que solo estoy de 3 cm. No lo podía creer... ese dolor tan intenso debía tener alguna explicación. Y la encontró.
Mi útero paría, pero mi querido ternerito estaba a otras cosas... de hecho estaba arriba, con la cabeza torcida, hacia atrás y apoyado en mi lado derecho... Ese dolor era mi cuello del útero -cuando ella lo tocaba hacia su izquierda, experimentaba ese dolor de tensión-, pienso que se modificaba hacia ese lado durante las contracciones ya que mi niño ejercía presión en un sitio que, directamente, no era... Claro, eso es, por eso noté en aquella contracción que mi pierna derecha no respondía. Empecé a "cuadrar" sensaciones con la información que tenía.

Recuerdo pensar: ¡pero es que mis dos hijos comienzan siendo indisciplinados desde su nacimiento!
Cómo me sonaban esas palabras: La niña está alta, no baja, no está colocada...
No, no podía ser, otra vez no. Pero este pensamiento ocupó un lugar espacio-temporal muy bajo en mi mente, porque lo siguiente que recuerdo es: ¡no pujes que le haces daño! y acto seguido le pregunté a Juanjo: ¿Si empujo le haré daño?
Él, con su voz, sólo con eso me dio serenidad. Me dijo: Si tu cuerpo te pide empujar, empuja. ¿Por qué le ibas a hacer daño? Tu bebé esta bien. Muy bien.

Y así, sólo con esto, olvidé las similitudes. Puede que mis hijos no pongan fáciles sus nacimientos - más adelante trataré de analizar un porqué, que seguro que lo hay-, pero su madre sabe entenderles y saldrá de esta con su hijo en perfectas condiciones. Porque ahora NO TENÍA MIEDO. No había dudas. Amanda fue clara y tuve una explicación racional. Además dijo que mi cuello estaba muy blandito por lo que en cuanto mi niño se colocase, mi dilatación volaría. No desactivé mi radar neocortical, no lo pude evitar, pero puede que también necesitase que así fuese.

Agudicé mi oído interior e hice exactamente lo que el cuerpo me pedía hacer. Posturas raras, sí, pero "my body rules". Además escuchaba las posturas aconsejadas por Juanjo y puede que alguna vez las llevase acabo y todo -otra indisciplinada-.

Y así estuve, no sé cuanto tiempo. Tratando de que el dolor no pudiese conmigo. Que no me llevase hacia su lugar. Pero fue muy difícil.
Recuerdo decirle a Amanda que si esto no paraba en breve, no creía poder soportarlo. Ella me ponía con frecuencia el "oyecorazones" y me decía que mi bebé estaba bien. Entre líneas quise entender que si íbamos al hospital sería "por expreso deseo de la madre". Y no... no había llegado hasta aquí para eso... No. Mi hijo está bien. Y yo lo estaba haciendo bien. Y si no me había caído redonda ya, no lo haría porque podemos parir a nuestros hijos.

Juanjo volvió a explorarme poco después y ya íbamos por seis, pero interpreté - radar - cierta desilusión en su expresión... Manuel seguía arriba y con la misma posición de cabeza, seguro.
Pero daba igual, sentí que todos estábamos pariendo. No estaba sola.
Juanjo iluminándome desde "lejos" -físicamente-, Amanda comprendiéndome desde cerca. Mi madre y mi marido me daban ánimos y mostraban su confianza en mí. ¿Cómo pueden confiar tanto en mí?

Unos minutos después, Amanda, como recién bajada del cielo, sacó su rebozo y ambos lo utilizaron conmigo. Me lo pusieron detrás, en la pelvis y agitaron con fuerza. Me "pillaron" en el baño, lo que no sabía es que cuando saliese de allí lo haría con mi niño en brazos.
No fue necesaria una segunda vez. Lo noté, mi niño ya "me pesaba" y volvió otra contracción y sólo quedaba el reflejo de esa tensión de la contracción anterior.
Juanjo me sugirió que subiese la pierna derecha, que apoyé en el bidé y la cosa aún mejoró más -debería haber hecho más caso a este señor, parece que sabe-. Él debió percibir que ya no me dolía delante, sólo me quejaba de los riñones y creí escucharle: "algo ha cambiado".Tras dos contracciones en esta postura y viendo cómo salía un moco sangriento de mi vagina, lo siguiente que recuerdo es el abrazo de mi madre. Manuel no estaba, creí haber oido a Celia toser... estaría con ella.
- Duele mucho mamá-
- Lo sé, si pudiera llevarme ese dolor-

Y me acordé de la última vez que me dijo eso. Tendría alrededor de 16 años, cuando me ponían penicilina mensualmente desde los 11 años porque me destrocé el bazo por una caída. Y me llené de amor.

Poco duró ese romanticismo. Lo siguiente que recuerdo es que me tiré al suelo. A cuatro patas, pero con las rodillas muy abiertas. Ya no había dolor. Una fuerza incontrolable se había apoderado de mí. Sí, algo había cambiado... estaba pasando... mi hijo se abría camino. Mi cuerpo empujaba solo y noté como descendía. Cómo se abría mi cuerpo. Y no había dolor. Sólo fuerza. Imparable fuerza. Descontrolada. Emitía sonidos más propios del "aberroncho" . No me podía mover, sólo podía meterme en mí y salir a la vez y aplaudirme porque estaba pasando. Estaba agotada pero frenética. Mi hijo venía y yo era consciente de ese camino. Lo estábamos logrando.
Recuerdo que ¿Juanjo? ¿Amanda? ¿mi madre? dijo que ya venía -¡eso ya lo sabía yo!-, pero supongo que sería para que dejase pasar a mi pobre marido que estaba con cámara en ristre y niña despierta en brazos. Ante lo cual, yo completamente obcecada, exclamé que no podía pasar porque estaba mi pie - premio a la lógica -.
Juanjo entendió que ahí yo era más "animal" que "persona" y llenó la bañera y exclamó: ¡La bañera está lista para recibir al bebé!
¡Bien! Frase correcta y fácilmente comprensible para mí. Y me cambié a la velocidad del rayo - puede incluso que me teletransportase porque no recuerdo el trayecto-, liberando la puerta.
Dije que el agua estaba muy caliente y Juanjo me dijo que estaba perfecta para Manuel. Entonces me pareció bien. Una vez dentro miré la pared. Justo hacía 2 días que mis suegros habían enmarcado el puzzle que Celia se empeñó en que nos empapásemos destrozándolo una vez hecho por 2ª vez, pues no resistió a la mudanza, La Maternidad (G. Klimt)

Pensé "allá vamos hijo mío".
Y volví a tirarme al agua. Sintiendo la presencia de todos y de más. Fue extraño, pero sentí a mucha gente ahí conmigo. Luego pude comprobarlo con el whatsapp... Y eso me dio mucha energía.

Estaba agotada pero desprendía mucha mucha energía. Creo que incluso podía generar luz... eso era... ¡estaba dando luz!

Pujé mucho, brutalmente. Percibí el escozor y supe que ahí estaba. Pero no fue inmediato. El escozor iba y venía y cuando venía lo hacía... escociendo más. Pero era agradable. Quería reír. Lo hubiese hecho si la fuerza no me hubiese "acompañado" tanto, claro... Tocaba mi vagina tímidamente y supe que no cabía... y yo no estaba muy dispuesta a esperar a que lo hiciese. Y en mi cabeza, Now we are Free...
Y de un pujo TODO mi bebé salió. Amanda lo recondujo entre mis piernas y lo vi... en el agua... con el cordón a su izquierda... con los ojos abiertos. Y lo cogí. Con casi toda su vérmix. Suave. Caliente. Mirándome. Sereno.
Observé su primera respiración, con un pequeño llanto ahogado.
Mi mundo se paró.
No lo podía creer. Era mi bebé y nadie me lo iba a quitar porque estaba segura de que todo estaba bien.
Parí y sentí que parimos todos los que estábamos ahí. Nació Manuel y sentí que todos nacíamos. Nada me puede herir ya si yo no lo permito.
Me siento grande, fuerte y capaz.
Celia nos miraba y, aunque no quiso acercarse, la noté muy presente.

Vencí al dolor: físico y emocional. Manuel ha venido pisando fuerte, "contándonos" no sólo a mí, sino también a su hermana, cosas que sabíamos que podían existir pero que no delimitábamos.

Cuando lo saqué del agua recuerdo una gran ovación. Sí, esta es mi gente, ruidosos en todas las celebraciones... me sentí tremendamente orgullosa de todos y cada uno de los que allí estaban. Manuel, padre, irradiaba una felicidad que nunca había visto. No olvidaré aquella mirada llorosa.

Ellos fueron muy importantes. No me cansaré de repetirlo, porque, aunque yo hacía lo que mi cuerpo me pedía y a mi cabeza le daba la gana, a veces me venía abajo y, ellos, con una mirada, con una caricia o con un gesto involuntario, recargaban mi energía.

Y valoro tanto esto porque un día, hace tres, años me faltó.

Porque el rebozo sustituyó a una ventosa.

Porque aunque estaba pariendo, no era ninguna niña. He comprobado que era capaz de escuchar y asimilar las explicaciones oportunas acerca del estado de mi parto.

Porque no vi a mi hijo a través de una videocámara.

Porque cuando lo vi, lo vi hermoso, tranquilo sin miedo en sus ojos. Sin bultos deformando su cabeza.

Porque fue capaz de dormirse a los 5 minutos de comprobar que su mundo había cambiado, pero todo estaba bien. No necesitó 4 horas para conciliar su primer sueño.

Porque salí de la bañera aún unida a mi hijo por el cordón, recibiendo toda SU sangre, lo que le dio un color rosado al instante.

Porque alumbré su "despensa" en mi cama. En nuestra cama. Dispuesta a descansar en el mejor lugar del mundo tras todo aquello.

Lo valoro y lo he hecho gracias a tí, mi princesa. Gracias por hacer posible este hermoso nacimiento de tu hermano. Esto ha sido por y para tí también.

Poco después del nacimiento y para quitar hierro al asunto pues se me estaban poniendo muy sentimentales todos, comenté que me había roto el culo - queda elegante elevado a infinito en el vídeo-.

Volví a activar mi radar ya que vi asentimiento y previsión de lo que podía haber ocurrido por ahí abajo en las caras de las matronas.
Y así fue. Me lo rompí. Me desgarré hasta el ano. Sorprendentemente, mi episiotomía anterior no se desgarró.

Por suerte, el esfínter quedó intacto por su cara interior, con lo que nos libramos de una visita al hospital...Y con eso y el arte con la aguja de Amanda - previa anestesia local -, añadimos una cicatriz más a mis bajos. Eso sí, infinitamente menos molesta que la episiotomía, aunque esté en un sitio más incómodo, he de confesar que esta chica también sabe lo que hace...

No he perdido el control de mi uretra. Tampoco tengo hemorroides ni fisuras ni nada de lo que me encontré en el anterior parto, al menos de momento. Parece que sin pujos dirigidos, el cuerpo se recupera mejor...

Manuel pesó 3,600 Kg, midió 49 cm y circunferencia craneal 37 cm. Apgar 10/10/10. Nació a las 5:02 am.

Después del trabajo bien hecho y dado que mis niños habían decidido desconectar esa noche, brindamos con champán.

Y nuestros cuerpos se abandonaron a morfeo una horita o así.  Cada uno encontró su hueco. Como si fuese su casa. Como si todos fuesen mi familia...

Después, desayunamos chocolate con churros. Y mis matronas, mi nueva familia, se marcharon a descansar tras comprobar que todo estaba mejor que bien.

No sé cuando se durmió Celia, la eché de menos, pero ella sabe muy bien lo que necesita, y en ese momento ella necesitaba desconectar y procesar todo lo vivido.

Al día siguiente, lo primero que hizo fue venir a mi cama. Nos besó a Manuel y a mi. Fue la primera vez que se acercó a él. En el momento más privado que había. Solos Manuel, ella y yo.  Me abrazó fuerte y se fue a desayunar.

Poco después volvió a aparecer, con sus ojos llenos de amor por su hermano pequeño. Y yo, creyendo que mi corazón no podría soportar más ese amor y felicidad desbordante. Pero no, no explotó, porque aún me quedó algo más que escuchar:

- Mamá, te quiero por lo que has hecho esta noche.


Concluyo aquí mi entrada, porque he llegado al tope de lo expresable con palabras.

Gracias a mis hijos, grandes maestros, porque sin ellos no existirían estos sentimientos. No existiría vida.


Nahema Caramolino









Fueron muchas horas acompañando a esta preciosa familia pero el fruto y la satisfacción fueron enormes.
Nunca he visto a una mujer de parto tan hospitalaria, entre contracción y contracción me ofrecía zumo, bombones, bollitos ;)
Preciosas las tres en esta foto!!


BIENVENIDA INÉS
(Relato de nuestro PVDC)

Bajo el influjo de la primera luna llena de mi puerperio y rodeada de mi preciosa manada en la cama familiar, encuentro por fin el momento para revivir y empezar a escribir cómo viví yo aquella noche y aquel día en el que la vida me regaló la experiencia más grande que creo vaya a tener jamás.

Todo empezó la tarde-noche del 27 de junio (2013): una sensación de inquietud me iba envolviendo poco a poco. Una sesión improvisada de Reiki que recibí a través de un cielo de mujer hizo el resto. De repente sentí una gran necesidad de volver a casa, a mi casa. “Quiero irme a casa”, no paraba de repetir. No tenía dolor, ni siquiera molestias; sólo ganas de estar en mi casa.

Una vez en casa y tras una escasa cena (ya no me entraba nada) comienzo a tener sensaciones a las que aún no puedo llamar contracciones. ¡¡¡Decido hacer una tarta!!! Me cuesta estar de pie, aunque sólo noto molestias. Cuando termino la tarta decido meterme en la cama; pienso que con un poco de suerte me dormiré y cuando despierte ya estaré dilatada (¡¡Ay qué ilusa!!). Sobre las 11 de la noche nos metemos en la cama Suso (mi amor), Iria (mi niña del alma), Pacheco (nuestro gato, uno más en la familia) y yo. Mi intento de dormir se convierte en una pesadilla. En la cama soy consciente por primera vez del dolor que tengo en la zona más baja de mi barriga. Es un dolor intenso, que me paraliza, nada parecido a lo que yo pensaba que era una contracción. Ni sensación envolvente, ni olas, ni molestia en la zona lumbar, ni sensación de útero contraído. Lo único que siento es un dolor intenso, profundo y rítmico en mi cicatriz. Me levanto; no soporto estar en la cama. Voy al baño, enciendo una vela azul e intento bailar, visualizar y poner en práctica la respiración que aprendí en el curso de Hipnonacimiento.

Todo está en silencio y penumbra. Aún no he avisado a Suso y los minutos pasan sin ser muy consciente del tiempo. Creo que estuve allí sobre una hora, pero el miedo empezó a envolverme… ¡¡¡¿por qué sólo me duele la zona de la cicatriz?!!! Llamo a Suso con cierta desesperación. Siempre había pensado que el trabajo de parto empezaba de forma más progresiva, pero ahí estaba yo, con un dolor que me paraliza desde el primer minuto. Con Suso levantado, encuentro en el salón mi nuevo lugar para estar y en una de sus piernas el apoyo que necesito en cada dolor. Empiezo con las vocalizaciones que mi querida Esther de La Voz de la Maternidad me había enseñado durante el embarazo. De repente decir AAAAA se convirtió en una forma de gestionar emocionalmente el dolor y, a partir de ese momento, creo que no pasé por ninguna contracción sin abrir la boca. Suso cronometra los tiempos: contracciones de unos 40 segundos cada minuto o minuto y medio. Me plantea la posibilidad de irnos al hospital y una leona surge de lo más profundo de mi ser: “¡¡¡Ni se te ocurra volver a decirme nada parecido!!!” le grito. A partir de ese momento su actitud fue impecable, acompañándome desde el silencio, presente cuando lo necesitaba y en la sombra cuando mi necesidad era otra. Sobre la 1:30 de la mañana decidimos llamar a Amanda, una de nuestras matronas, para darle novedades. En menos de media hora llega. Entra en casa en silencio, sigilosa; me encuentra arrodillada en el suelo del salón con la cabeza apoyada en el sofá y un cojín en mi boca que ahoga mis vocalizaciones. Me da seguridad que haya llegado. Me propone (o se lo propongo yo, vete tú a saber) explorarme. Y aquí viene el primer momento de desesperación: 1,5 cm aproximadamente. ¡¡NO ESTOY DE PARTO!! No puede ser, un sinfín de preguntas inundan mi mente: ¿por qué me duele tanto si estoy de pródromos?, ¿por qué mi dolor no se parece en nada a lo que me han contado que es una contracción?, ¿por qué sólo me duele en la cicatriz? Los miedos por mi cesárea previa no paran de revolotear en mi mente y…¡¡sorpresa!!, las contracciones empiezan a espaciarse y yo no dejo de estar pendiente de todo lo que me rodea. Amanda me susurra que debo centrarme en mi proceso, olvidarme del mundo, no estar tanto en mi parte consciente, pero no sé cómo hacerlo; mi mente no para de pensar, de controlar (como tantas otras veces en mi vida, lo reconozco). Amanda decide retirarse a la habitación para que yo pueda conectar con mi dolor de una manera más íntima.De nuevo sólo mi letra AAAAA inunda el silencio de forma rítmica, de forma cíclica. En algún momento llega María, también sigilosa y respetando la penumbra. Me toca en la cabeza y ese gesto me da serenidad. Se retira con Amanda y de nuevo allí estoy yo intimando con un dolor que me descompone hasta provocarme el vómito. Mi compañero de viaje está conmigo, con su pierna, con su brazo, con su espalda, con su hombro, con su mano y con su voz. Él acompaña mi AAAAA constantemente y su tono grave me ayuda a conectarme. En algún momento empieza a sonar la música que había estado escuchando durante el embarazo. Suso está en todo y los CD´s de Rosa Zaragoza, Luar na Lubre y Secret Garden no dejarán de crear ambiente durante el resto del tiempo.
Son sobre las 5 de la mañana cuando Iria, mi niña del alma, se despierta. ¡Cuántas cosas me ha enseñado desde que nació! Y de nuevo en ese momento, nos regala otra gran lección: la de la naturalidad, el acompañamiento y la sencillez de la vida en los ojos de un niño. Con su mirada tímida pregunta por qué estoy tirada en el suelo diciendo AAAAA. Le cuento que va a nacer Inés y con sus 4 añitos se convierte, de repente, en mi acompañante, mi cuidadora. Me besa, me tapa con una toalla, me acaricia la barriga y se asoma tímidamente entre mis piernas para comprobar si su hermanita nace ya.
Llamamos a mi madre para que venga a acompañar a Iria y llamamos a María y Amanda (que aguardaban en la habitación de al lado) para que me acompañen a mí. Las necesito. Suso ya no me basta. Necesito otro tipo de apoyo, necesito saber cómo están las cosas. Y ahí estamos Inés y yo rodeadas de nuestra gente, de las personas que elegimos para vivir nuestro proceso: Suso, Iria, Rita (mi madre) y mis matronas, tiradas en el suelo del salón, a mi lado, escuchando a Inés y acompañándome en mis miedos.
Deben ser sobre las 6 de la mañana cuando mi dolor empieza a tomar otra forma. Al dolor de mi cicatriz se suma, ahora sí, una sensación envolvente que viene desde la zona lumbar. Amanda me explora de nuevo (para mí es importante saber si esto evoluciona) y… ¡¡BINGO!! Ya tengo 3 centímetros. Ahora sí que estoy de parto oficialmente, aunque para mí todo había empezado hacía ya 7 horas.
El dolor lumbar se acentúa, paseo por la casa, me siento de nuevo en la pelota, sigo vocalizando y mi niña mayor me sigue acompañando. Empiezo a notar una ligera sensación de embriaguez y la percepción de las cosas empieza a distorsionarse. Entro en la ducha y canto. Sí, sí, como en las películas. Le canto a Inés y por primera vez empiezo a sentir que no tengo el control. Mi mente está desconectada de la razón. No controlo el tiempo, los minutos parecen horas y las horas minutos, soy capaz de entrar en un sueño profundo entre contracción y contracción. Pero mi niña sigue rondando por la casa y echa un vistazo de cuando en cuando a la ducha para ver si ya ha nacido Inés. Ella, Iria, me mantiene aún en mi parte más racional. No me permito descontrolarme con ella en casa, así que le digo que tiene que irse con la abuela para contarle al tío Dani que Inés ya va a nacer. No se va muy convencida, pero al final accede, no sin antes traerme un dibujo que me ha pintado.
Deben ser cerca de las 9 de la mañana cuando por primera vez, nada más irse Iria, pierdo verdaderamente el control. Recostada en la cama, en medio de una contracción, decido que no quiero seguir, quiero que esto pare. ¡¡¡Que paren el tren que me bajo!!!. El miedo se apodera de mí y no dejo de decir “No puedo más”. Amanda me consuela y me dice lo bien que lo estoy haciendo, pero yo me siento como una niña pequeña que no puede asumir una responsabilidad demasiado grande para su edad. En esta ocasión es Suso quien me rescata. Me abraza, me baila, me dice AAAAA y me mira a los ojos diciéndome que lo estoy haciendo muy bien. Volvemos a estar solos (Amanda y María tienen el don de saber exactamente cuándo y dónde tienen que estar en cada momento) y esta intimidad con mi compañero me conecta de nuevo y no paro de repetirle cuánto le quiero, con los ojos llenos de lágrimas y el corazón lleno de orgullo por haberle elegido como pareja.
Vuelvo al baño. Me siento sobre la taza del váter. Después en el suelo. Suso está conmigo. Mi madre aparece en la puerta del baño y su cara de preocupación extrema viéndome desencajada en el suelo del baño me preocupa. Le pido que se vaya. No puedo estar pendiente de ella. Mi mente ya no puede.

Me siento en la pelota. Estoy en nuestra habitación, de nuevo con Amanda. Me siento fuerte y con ganas de seguir. Suena la canción de Rosa más apropiada para el momento:

Siente que el momento llega. Siente: tus huesos son fuertes. Siente: estamos ayudando. Lo divino está contigo. Siente: el niño está en la puerta. Vivirá para abrazarte. Siente: estás en buenas manos y eres parte de la tierra. Tienes lo que necesitas, madre de todos nosotros.

Ya empiezo a comprender cuál es ese estado del que me hablaba Amanda en el que la razón deja de ser razón. La sensación de embriaguez va en aumento. Tengo la sensación de estar drogada, envuelta en una nube que me distorsiona el pensamiento y desinhibe mi mente hasta tal punto que mi vocabulario cambia por completo y no paro de decir palabrotas. Tremenda borrachera tengo encima. Estoy borracha de endorfinas, colocada, con el puntillo. Mi forma de hablar se convierte en graciosilla. En determinado momento veo a Amanda y Suso reírse por algo que acababa de decir, pero no comprendo muy bien por qué se ríen. Ahora sí que estoy entrando en planeta parto, lejos de este mundo, tan lejos que los recuerdos se distorsionan.
Le pido a Amanda que me explore de nuevo. Esto va bien: 7 centímetros. Rondaremos las 11 de la mañana, aunque el tiempo para mí es completamente subjetivo. Ahora necesito de nuevo a mis matronas. Suso pasa a un segundo plano; Amanda es, en este momento, el apoyo técnico y María se convierte en mi apoyo emocional. Sigo sentada en la pelota en nuestra habitación y siento cómo Inés empuja hacia arriba con cada contracción. María me explica que los bebés también necesitan sus tiempos y que, como todo va bien, sólo podemos esperar. Me sugieren cambiar de postura, salir de la pelota, dar un paseo, pero de nuevo me convierto en esa niña pequeña y caprichosa que no quiere crecer. Me siento vulnerable. Vuelvo a perder el control. No quiero seguir. ¡¡QUIERO DORMIR!! Dormir se convierte para mí en una prioridad. No me importa nada más. Quiero que todo pare. ¡¡QUIERO DORMIR!! No puedo más, No puedo más. No paro de repetirlo. Me engancho en ese pensamiento de no puedo más, pidiendo de manera indirecta que alguien me rescate de nuevo. En esta ocasión es María quien pronuncia las que para mí fueron las palabras mágicas: “No hay ningún motivo médico que aconseje en este momento el traslado al hospital, pero si tú lo decides nos vamos. No tienes que pedirle permiso a nadie. No tienes que demostrar nada a nadie” Necesitaba oír eso. Estaba allí porque quería, había sido mi decisión, nuestra decisión, pero no estaba obligada a quedarme. En cuanto yo lo decidiera podía irme al hospital y pedir la epidural (¡¡o que me durmieran entera!!). Y siendo consciente de esto, decidí de nuevo y decidí quedarme (fue una gran suerte que el ascensor no estuviera operativo porque una de las cosas que me motivó a no hacer el traslado era tener que bajar las escaleras, jaja). A partir de ese momento mi actitud cambia. Tengo que parir y nadie puede hacerlo por mí, así que me levanto de la pelota y paseo apoyada en María. Mis vocalizaciones se han convertido hace rato en gritos desesperados y Suso en esa mano invisible que siempre tiene preparada el agua o la Fanta con hielo.

Encuentro una nueva postura, de rodillas en el sofá y con la cabeza apoyada en el reposabrazos. Y de nuevo encuentro una nueva sensación: una fuerza me recorre el cuerpo de arriba a abajo. ¡¡Tengo ganas de empujar!! Amanda escucha a Inés, María me masajea fuerte la espalda. Siento tanto alivio… Son en torno a las 12 de la mañana y en uno de esos pujos noto un gran descanso: la bolsa se ha roto. A partir de aquí comienza una nueva fase de la que tengo bastantes lagunas. Sé que me fui de nuevo a nuestra habitación, donde me convertí en una leona, en una loba. Los gritos desesperados de hace un rato se convierten en un sonido que me sale de lo más profundo de mi cuerpo. Estoy encima de la cama, de rodillas y apoyada en la pelota. Grito con toda mi alma y con todo mi cuerpo. Y grito así durante todo el expulsivo, que parece no tener fin. Amanda es mi apoyo técnico, en la que encuentro las respuestas profesionales que necesito; me sugiere que intente tocar la cabecita de Inés y así lo hago, pero a mí aún me parece que está muy arriba. María es mi apoyo físico y moral; me bajo de la cama, me siento en la pelota y me agarro a María como si fuera mi tabla de salvación. Con cada grito me entrego; entrego mi cuerpo y mi vida y en algún momento llego a decir: ¡Me voy a morir! María me habla bajito al oído. No sé lo que me dice pero me tranquiliza. Y con cada pujo me agarro a ella e incluso le tiro del pelo. El final está cerca, mi madre acaba de llegar de nuevo. En sus idas y venidas, el destino quiso que llegase en ese momento en el que ya no se pudo ir, para así poder ver como yo gritaba. Yo gritaba como nunca antes lo había hecho, gritaba como había hecho mi madre hace 32 años, cuando yo nací. La diferencia es que a ella no se lo permitieron, le cerraron la boca con una bofetada y una anestesia general. Por eso yo gritaba, gritaba por ella y por mí. Gritaba esos gritos que a ella no le permitieron en su día… y en uno de esos gritos sentí ese calor que quemaba mi periné, ese famoso círculo de fuego que anuncia que la vida se abre camino.
A los pies de nuestra cama, sentada sobre las rodillas de María y con Amanda tumbada en el suelo nacía Inés, en un único pujo. Serena, sin llorar, con morritos de piñón, unos ojitos curiosos y grandes lecciones bajo el brazo. Su olor lo inundó todo. La sensación al cogerla es indescriptible. Nos tumbamos juntas en la cama en un piel con piel inmediato, sanando viejas heridas y consiguiendo lo que con Iria no pudo ser. A los 20 minutos alumbré la placenta, ese órgano divino, árbol de vida que nos mantuvo unidas en perfecta simbiosis durante todo el embarazo. Iria llegó a conocer a su hermana, a inspeccionar con María la placenta, a darme besos, a mamar teta y a traerme un regalo muy especial: había estado buscando en un cajón un papel con la letra de una canción que habíamos cantado con Esther para dar la bienvenida a los bebés. “Toma, mamá, para que se la cantemos a Inés”:

Mamá te ha traído a este mundo, te ha dado a luz con mucho amor. Bienvenida seas al mundo que compartimos junto a ti.
Acurrucada a ella dormitas, sintiendo su cálida piel. Escucha su corazón dulce, latiendo de felicidad.
…//…

¡¡¡Tengo que dar tantas gracias!!!

Gracias a mi niña mayor, Iria, por ser mi maestra. Con tu llegada todo cambió y una nueva percepción del mundo se abrió ante mis ojos.
Gracias a mi cesárea (siempre pensé que era innecesaria). Ahora sé que fue necesaria, no para que naciera Iria (seguro que ella hubiera sabido nacer de otra manera), pero sí necesaria para descubrir el camino hacia otra manera de entender la maternidad.
Gracias a Parlacta. A Tatiana por enseñarme a confiar en la capacidad de las mujeres para amamantar; a Ana y May por ser dos ejemplos de mi generación que me demostraron que parir en casa es una posibilidad más y no una locura de hippies; y a Emi por acompañarme con su dulzura en cada una de las reuniones de crianza y por alegrarte hasta el infinito al saber que mi sueño estaba cumplido.
Gracias a May por ser mi doula desde mucho antes de estar embarazada. Acudir a tus reuniones, escuchar tus consejos y tomar tus limonadas ecológicas Juice Express consiguieron que me empoderara. Además eres la única persona que acompañó mi postparto con una ensaladilla y una tarta de chocolate vegana.
Gracias a David Vergara, la persona que guió mi Rebirthing, por ayudarme a sanar y a hacer conscientes momentos anteriores que me bloqueaban y condicionaban mi vida. Estoy convencida de que sin ese trabajo no hubiéramos podido recibir a Inés como lo hicimos. Volveremos a vernos para seguir trabajando.
Gracias a Emilia Ianeva por abrirnos las puertas de tu casa cada vez que lo necesitamos. Es la pediatra que cuida de nuestra salud desde hace ya casi 5 años (los que va a cumplir Iria). Tu energía, tu homeopatía, tu serenidad y tu entrega también han formado parte de este proceso y seguirán formando parte de nuestras vidas. Gracias por desearnos Suerte cada vez que nos vemos.
Gracias a Pilar Vizcaíno por acercarnos al Hipnonacimiento. Fue maravilloso compartir nuestros miedos y expectativas con una maravillosa pareja (Pilar María González y Raúl; gracias también) siendo guiad@s por las palabras dulces de Pilar Vizcaíno.
Gracias a Esther de La voz de la Maternidad por ser un ángel. Encontrarte fue una bendición. Gracias por enseñarnos a usar la voz para conectar con nuestros úteros, con nuestros bebés y con nosotras mismas. Gracias por tus canciones, por tu sonrisa, por tus abrazos y por tu trabajo.
Gracias a Miranda Gray por enseñarme el poder de las sintonizaciones de bendición del útero y por compartir esa energía de sanación de nuestra feminidad.
Gracias a Rosa Zaragoza porque tu música nos lleva acompañando 5 años y, por supuesto, acompañó el embarazo y nacimiento de Inés. Gracias por regalarnos tu alegría en cada taller y por formar parte de nuestro día a día a través de tu música. Espero volver a ver pronto tus ojos brillantes y tu sonrisa para que puedas compartirlos con Inés.
Gracias a La Caracola Ambiente Educativo por regalarnos un trocito de libertad para Iria y un espacio en La Casita para compartir con otras familias caracolas raudales de oxitocina.
Gracias a En la décima luna por ser nuestro equipo de matronas. Gracias a Juanjo por la pasión con la que hablas sobre los partos y nacimientos (ahora entiendo que son dos cosas diferentes); a Amanda por tu apoyo durante todo el embarazo, por tu profesionalidad para resolver mis dudas y mitigar mis miedos y por acompañarnos serenamente mientras nacía Inés; y a María por ser mi apoyo tanto físico como emocional (siempre tendremos presente que Inés para nacer pasó entre mis piernas y entre las tuyas), sin tus palabras y tus paseos por el salón de casa “para irnos de copas”, nada hubiera sido posible. Habéis pasado a ocupar un trocito, bien grande, de nuestros corazones.

Gracias a mi madre por estar ahí, por respetar nuestra decisión a pesar de tus miedos y por acompañar cada proceso de mi vida como lo haces. Nadie podría haber cuidado mi postparto como tú. Gracias por tu entrega, por tu cariño, por tu serenidad y por haberme dado la vida.
Gracias al resto de mi familia: a mi padre por cuidar de Iria y por tus palabras cuando viniste a verme; a mi hermano por tus Abrazos (no es una errata la mayúscula) y por tus charlas existenciales; a Mimí y Emilio por formar parte de nuestra familia y demostrárnoslo todos los días; y a mi cuñada Sonia por apoyar nuestra decisión y alegrarse con ella.
Gracias a todos los que no me entendieron porque sin vuestras palabras no hubiera podido conocer la otra cara de la moneda. Vuestras opiniones también me ayudaron a tomar la mía propia.
Gracias a mi compañero de viaje; sin tu apoyo, Suso, nunca hubiera podido tomar la decisión de parir en casa. Gracias por tu apoyo incondicional, por tu saber estar, por tus palabras, por tu calma, por no tener en cuenta mi enfado y por tener a punto toda la “logística” (música, Fanta, agua con hielo, fregona…). Pero sobre todo, gracias por creer en mí.
Gracias a Inés, evidentemente. Por elegirnos como familia, como tu familia; por traernos grandes lecciones desde el primer momento; por traernos tu olor a vida y tus sonrisas eternas y por regalarnos el gran momento de tu nacimiento.
Gracias a mí misma. Me doy las gracias por haber sabido confiar en Inés y por haberme permitido empoderarme a lo largo de estos años para conseguir también confiar en mí misma.

Patricia Perez




Tarde de risas, oxitocina y mucha confianza en el cuerpo de esta mujer. Un nacimiento animal, rápido y con mucha fuerza; así lo recuerdo yo… 

NACIMIENTO DE ELUNE, PARTO DE SHEILA 13 de enero del 2014


Aquel día fue un día de fiesta, un día que recuerdo como una noche entre amigos, de vez en cuando abría los ojos y Amanda me masajeaba la "tripilla" mientras María me acariciaba los tobillos, mi marido me masajeaba los riñones y mi gran amiga me acompañaba con sus palabras... aquella noche nadie entraba y salía sin un nombre, sin saber quién era yo o mi bebé, aquella noche de fiesta, todos esperábamos a Elune y me acompañaban a mi. Aquella noche mi bebé nació rodeada de "familia" suerte que tuve que dos de ellas eran matronas.





Gracias amiga, por tu generosidad y por ser como eres; tus palabras sólo confirman mi manera de pensar; sigo sin dudar que esto que hacemos merece la pena. ¿Qué es lo que sucede cuando de una relación profesional surge una amistad? Un besazo fuerte fuerte

PARTO DE BEA. 14 de enero del 2014


Debo reconocer que hace unos meses no tenía ni idea de cuál era la labor de una matrona y a día de hoy no imagino como hubiera sido la preparación a la maternidad, mi parto y postparto sin ellas.
Durante mi embarazo recibí información valiosa, resolvieron mis dudas, mitigaron mis miedos, plantearon alternativas y siguieron la evolución de mi bebé siempre desde el respeto. Me sentí arropada y escuchada, sentimientos opuestos a los que ginecólogos (tanto de la sanidad pública como privada) nos generaron tanto a mi marido como a mí. Tras cinco revisiones, entrando en el sexto mes de embarazo fue una matrona la que me preguntó por primera vez mirándome a los ojos… y tú, ¿cómo estás? (sin referirse a lo meramente físico o evidente a través de un aparatito)

Siempre tuve claro que quería parir en casa, desde mucho antes de quedarme embarazada. Era un deseo tan fuerte como la intuición que me llevó a tomar esa decisión. Sonaba irresponsable, sonaba inalcanzable, sonaba a que estaba loca, sonaba a que no sería capaz.
Mi pareja confió en mí, yo confié en mi instinto y mi capacidad para parir y nuestras matronas confiaron en la naturaleza y en nosotros. Fue todo lo que necesitamos para darle la bienvenida al mundo a nuestro hijo como siempre lo había soñado. Parí en mi hogar rodeada por la cotidianidad de nuestro espacio, por la intimidad de nuestro hogar,  por la entereza, amor  y fe de mi marido y la experiencia y la espera dulce y respetuosa de nuestras matronas. En ningún momento pasé miedo, sino todo lo contrario. Me sentí más segura con ellas observando agazapadas en el pasillo, que si hubiera tenido un batallón de médicos tras mi camilla… o entre mis piernas. Estaré eternamente agradecida por la paciencia, comprensión y seguridad que me brindaron y por el respeto, sensibilidad y calor humano con los que recibieron a mi hijo.

Los días posteriores estuvieron con nosotros. Atentos pero sin atosigarnos, vigilantes, pero sin juzgarnos, tendiendo una mano más que amiga en esos primeros días en los que la duda más insignificante te parece un mundo; nos ayudaron a reforzar nuestra valía como padres, con los sinsabores de la lactancia, con los cuidados postparto (físicos y emocionales) y supervisaron la salud de nuestro bebé. Creo que esa cercanía, implicación y sensibilidad es tan necesaria durante esta etapa de la vida de una mujer que me da muchísima rabia que no se valore como debería, que se desconozca e incluso que se prescinda de ella por cuestiones económicas. Me dio rabia haber tenido que buscar tan a conciencia una atención diferente a lo largo de mi embarazo, me dio rabia tener que pagar por tener un parto respetado que toda mujer (que lo busque) se merece. Pero ellas me dieron mil y un motivos para no arrepentirme jamás por aquel dinero invertido (nunca diré gastado o perdido).
Si vuelvo a quedarme embarazada contaremos sin duda con la ayuda de nuestras matronas, ya amigas, para todo el proceso puesto que ya no imagino vivir un segundo embarazo, parto y postparto sin ellas.

Gracias a las que creen más en la naturaleza que en la ciencia que usurpa y avasalla,
Gracias a las que miran a los ojos antes que a la vagina,
Gracias a las que confían en la mujer y en su propia valía,
Gracias a las que prefieren aguardar antes que colgarse medallas,
Gracias a las inconformistas que creen que se puede cambiar la manera de parir,
Gracias a las que respetan al que está por llegar y consideran su dignidad cuando nace,
Gracias a las matronas que aman su trabajo de verdad.



Una madre eternamente agradecida.




ENTREVISTA A CRISTINA Y PATRICK. NACIMIENTO DE JARA.






24 de Junio del 2014


Aquí Cristina habla de nosotras en su blog

Gracias Cris, sólo tú conseguiste tu objetivo, parir a tu hija con sabiduría, con fortaleza, con paciencia… como a tí te dio la gana. Nosotras sólo hicimos una cosa, acompañarte; bueno sí, también hicimos otra cosa… disfrutar inmensamente, como cada vez que acompañamos un nacimiento, disfrutamos del misterio y de la magia de esos momentos inundadas en endorfinas y oxitocina. Un placer y un besazo.


RELATO DE MIGUEL, NACIMIENTO DE PABLO. 5 de Noviembre del 2014

Miguel es padre de dos hijos y quiere compartir con nosotras el nacimiento tan diferente que han tenido sus dos niños; el primero en un Hospital privado de Valladolid, el segundo en casa.
Según él dice, "Dos experiencias bien distintas. La primera: un cúmulo de malas prácticas disfrazado de profesionalidad. La segunda: un trato profesional, pero también cálido y cercano, como requiere precisamente un acontecimiento como el nacimiento de un bebé".
Para nosotras ha sido un verdadero placer acompañaros en tan importante momento.







Resulta que a primeros de noviembre nacía mi segundo hijo. Y lo hacía en circunstancias especiales, pues el verbo nacer podía en esta ocasión conjugarse con un sujeto que de alguna manera había decidido aparecer en medio de la vida. 
Condiciones bien distintas a las del primero, al que nacieron hace algo más de dos años y medio. 
Dos niños, dos formas distintas de nacer, que bien pueden servirnos para cuestionar algunas de las ideas preconcebidas alrededor del nacimiento y la asistencia médica.

Pongámonos en circunstancias y sin entrar en muchos detalles. 

Primavera de 2012: consulta ginecológica con un embarazo a término de cuarenta semana y dos días. Sin síntoma alguno de que el parto esté próximo a desencadenarse, hasta el punto de que el día antes de la consulta, los monitores que miden las contracciones han descartado cualquier movimiento. Por arte de magia, en la consulta el ginecólogo descubre que se ha iniciado la dilatación. Ordena ingreso hospitalario, pero por la ausencia de contracciones es preciso administrar oxitocina hasta provocar el parto. Ya en el paritorio, como el bebé no terminaba de asomar, el propio médico solicita la ayuda del anestesista que se tumba literalmente sobre la barriga para “ayudar” a la salida del niño. Tras tantos “esfuerzos” se logra en “final feliz”: niño sano y salvo, y la madre con una episiotomía de cuya longitud nunca fue informada, y cuya curación no fue revisada, ni por el ginecólogo, ni por la matrona. No hacía falta, claro: los puntos se curan por sí mismos.Sólo meses después, investigando por ahí, pones nombre a todo lo sucedido: maniobra de Hamilton de inducción artificial al parto (desaconsejada por la OMS antes de la semana 42), oxitocina para provocar un parto que no discurría por los cauces naturales y maniobra de Kristeller (el “tumbado” del anestesista) en el paritorio (igualmente desaconsejada por la OMS). Riesgos que van de la mano de una imprudencia imperdonable: salir de cuentas en semana santa. Ya se sabe que las vacaciones son mala época para venir a este mundo, así que si no estás de llegar antes, ya se encargarán de traerte.

Dos años y medio después, nos ha tocado volver a vivir la experiencia del nacimiento. Sabiendo ya lo que había ocurrido con el primero, no era tontería buscar un hospital de Castilla y León en el que se pusiera en práctica el parto respetado. No se tarda mucho en hacer esta tarea: si nos fiamos de Internet la respuesta es cero, aunque parece ser que en el hospital del Bierzo se están dando pasos en el buen camino. 
En el resto de hospitales, sean públicos o privados, la mujer no puede decidir cómo quiere dar a luz, qué protocolos se han de aplicar. 
El motivo es sencillo: en pleno siglo XXI el protagonismo del parto en la mayoría de hospitales cae del lado de la matrona o del ginecólogo. 
En otras palabras: el parto es un acto médico, dirigido por especialistas, en el que la mujer poco o nada tiene que decidir. Si alguien se anima a llevar a su ingreso un plan de parto (aunque está colgado en la web del ministerio) será recibido con todas las reticencias habidas y por haber. 

Por suerte, meses antes del parto conocimos maternal Valladolid, una iniciativa totalmente particular de un grupo de matronas que tienen una idea diferente del parto.
Tras las charlas de preparación, nos decidimos a dar a luz en casa. Algo que buena parte de la sociedad todavía no entiende: dar a luz en casa, se escucha, es volver a hace 50 años.
Hay que estar loco o ser muy valiente, porque es mucho más peligroso. Se deja de lado que las matronas que asisten el parto en casa son el personal especializado y cualificado para esa tarea, y que sólo admiten partos de bajo riesgo. Ellas son las primeras en derivar al hospital todos los embarazos que, por uno u otro motivo, requieren atención médica. En nuestro caso hubo suerte: tras revisar todas las analíticas se daban las condiciones adecuadas. Y allá por la semana 39, poco después de cenar se produjo la rotura de la bolsa. Algo que en el parto anterior, como no podía ser de otra manera, hubo de forzarse artificialmente con el consabido ganchito que tan hábilmente utilizan los “aceleradores de nacimiento”. 
Tras la rotura comenzaron las contracciones y se desató naturalmente un proceso que se viene repitiendo desde hace cuarenta mil años, y que sin embargo nuestra civilización se ha empeñado en monitorizar, provocar, controlar. A las contracciones le siguieron los pujos, y el bebé asomaba la cabeza, giraba los hombros, y con el sano llanto del nacimiento estaba ya colocado sobre el pecho de su madre. Nadie puede decir que sea indoloro, pero sí que en ocasiones el exceso de intervencionismo puede ser contraproducente. Incluso la afamada epidural, que impide a la mujer controlar sus músculos durante el parto y puede incluso ser contraproducente. Una cultura como la nuestra, en la que todo dolor es concebido de una forma negativa no sopesa quizás todos los riesgos de los remedios al mismo.

Dos niños que llegan a la vida, y en circunstancias bien distintas. No sólo por la diferencia entre nacer y que te nazcan: hay a mayores otra diferencia importante en la alimentación. Las primeras noches de hospital el propio personal sanitario calmaba el llano del niño con un biberón. Y en su visita posterior al parto, el ginecólogo aseguró que se daban todas las condiciones para la lactancia, pues una gota de leche asomó después de una intensa presión de su mano. El que nació en casa contó con la ayuda de las dos matronas para iniciarse en la lactancia. En la primera noche no lograba agarrarse al pecho, al que se quedó pegado permanentemente. A la mañana siguiente, empezó a succionar, y desde entonces se ha alimentado con leche materna. Algo que en el hospital no se apoyó suficientemente, pues apagar el llanto del niño era más importante que fomentar la lactancia materna.

Dos experiencias bien distintas. La primera: un cúmulo de malas prácticas disfrazado de profesionalidad. La segunda: un trato profesional, pero también cálido y cercano, como requiere precisamente un acontecimiento como el nacimiento de un bebé. No sería mala cosa pararse a pensar un rato para preguntarnos algunas cosas al respecto. 
Cuestionar cómo es posible que el avance de la técnica y de los conocimientos científicos tengan en ocasiones como consecuencia un trato menos humano, en el que el paciente es instrumentalizado. Cuestionar por qué los grandes medios de comunicación no prestan atención a este asunto, y cuando hablan de los derechos de la mujer parecen ligarlos a las oportunidades laborales o la interrupción del embarazo. 
Dejando de lado que la maternidad es una opción elegida por una cantidad abrumadoramente mayoritaria de mujeres, y que se está produciendo en unas condiciones impropias de un país avanzado. En un país avanzado los intereses del médico o del hospital no están por encima de los de la mujer. En un país avanzado los índices de cesáreas y epsiotomías no son tan escandalosamente elevados. 
En un país avanzado una mujer no acude a dar a luz como quien juega a la lotería, esperando que quien le vaya a tocar en el turno respete su voluntad. 
A lo mejor el análisis adecuado es justamente el contrario: somos cosas y nos tratan como cosas desde el momento mismo del nacimiento. 
Puede que la cultura, la ciencia y la economía no den para más: las mujeres mediáticas paren a gusto del sistema, con cesáreas programadas y listas para reincorporarse a sus puestos, mientras que las mujeres anónimas son eso: anónimas. 
Y el no tener nombre lleva consigo una determinada forma de venir a este mundo.

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